Cuando la belleza me encontró II


Simplemente lo creé.

El mandala de Sana Siente Ama nació así, con un centro claro: un círculo que envuelve las tres palabras como si fueran un solo latido. Es el corazón del Árbol de la Vida que lo rodea, sostenido por raíces profundas, y del que nacen las ramas y las hojas como símbolo de crecimiento y expansión.

Ese centro, con esas tres palabras, es para mí el alma del proyecto —como lo llamo en mi libro, mi filosofía—. El lugar donde todo se reúne, donde todo se sostiene.

Y hoy, después de todo este recorrido, hablando de belleza, descubro de nuevo algo: ese centro también representa Tiferet, el corazón del Árbol de la Vida en la sabiduría hebrea.

Tiferet, en la cábala, es la belleza. La sexta sefirá, situada en el centro del Árbol.
Es equilibrio, armonía.
Es el punto donde lo espiritual y lo terrenal se abrazan.

Así que no, no lo planeé ni lo pensé cuando lo diseñé. Pero, para mí, el mandala de Sana Siente Ama guarda en su propio centro esa misma unión: alma y materia, profundidad y forma, verdad y belleza.

Quizá algo más profundo en mí sí lo sabía.
Quizá mi alma ya intuía ese centro antes de que mis ojos pudieran reconocerlo.

Y por eso hoy comprendo que la belleza no fue algo que yo busqué.

Es ella quien me elige.

Mi mandala no es perfecto.
Es simple, pero es verdadero.

Y su centro…
Ese centro…

también es belleza, en el sentido más sagrado de la palabra.


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