Un mismo árbol · todas tus estaciones
El tiempo tiene una forma extraña de pasar.
Mientras estamos dentro de los días, muchas veces creemos que queda mucho.
Que habrá otro momento.
Otra oportunidad.
Otro verano.
Otra conversación.

Posponemos lo importante porque la vida parece larga cuando la miramos hacia delante.
Pero cuando volvemos la vista atrás, todo parece haber ocurrido deprisa.
La infancia.
Las personas que estuvieron.
Los lugares en los que vivimos.
Aquello que un día nos preocupaba tanto.
Los hijos creciendo.
Nuestros padres haciéndose mayores.
Nosotros mismos cambiando casi sin darnos cuenta.
Una vida puede parecer inmensa cuando empieza y sorprendentemente breve cuando se contempla desde cierta distancia.
Quizá por eso el tiempo y el paso de la vida sean dos de las cosas que más nos invitan a detenernos y mirar de otra manera.
Quizá por eso el tiempo sea uno de nuestros bienes más valiosos.
No porque tengamos que aprovechar cada minuto ni vivir con la angustia de que se acaba, sino porque comprender que es limitado cambia la manera en que elegimos vivirlo.
Nos recuerda que algunas cosas no deberían esperar demasiado.
Decir «te quiero».
Estar con quien amamos.
Hacer aquello que sentimos profundamente nuestro.
Contemplar una puesta de sol sin mirar el reloj.
Atrevernos a comenzar.
Dejar de dedicar años a lugares, situaciones o personas en los que ya no queremos estar.
Porque al final una vida está hecha precisamente de eso:
de tiempo.
Y quizá la pregunta no sea cuánto tiempo nos queda, sino cuánto del tiempo que tenemos estamos viviendo de verdad.
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