Y sí, yo sí creo que un objeto puede reflejar quién eres.

Creo en lo que tiene sentido. En lo que me acompaña, me calma, me centra.

Tal vez elegir un objeto simbólico sea una forma de volver a mí.

Tal vez sea un acto de desarrollo personal, una forma de honestidad silenciosa que ha llegado a mi vida de manera natural… y emocionante. Tampoco lo elegí. Simplemente… apareció.

He encontrado objetos que me ayudan a recordar mis mejores cualidades, las más innatas, esas que ni siquiera reconocía en mí.

Por eso, sí, yo sí creo que un objeto puede reflejar quién eres. No porque lo diga yo. Sino porque cuando lo sientes…simplemente lo sabes.

Y sé que no soy la única. Esa conexión tiene raíces profundas. Desde hace siglos, culturas milenarias ya intuían este lazo entre nosotros y lo que nos rodea: el Feng Shui, los patrones LI de la naturaleza, el arte del Kintsugi…

Todos hablan, en el fondo, de lo mismo: nuestra energía busca resonar con el mundo exterior.

Yo he encontrado objetos que me devuelven a mí, que me recuerdan mi centro, mi dirección, mi verdad. Y eso, para mí, ya es real.

Quizá esta sea la forma en la que el universo me guía, como un camino sutil, una brújula invisible que me acerca a mi propósito desde mi esencia.

Cuando algo llega así, sin haberlo planeado ni forzado, y emociona profundamente sin saber por qué…es porque no nace de la mente, sino del alma.

La mente racional se asusta. Intenta entenderlo, controlarlo, etiquetarlo… y como no puede, duda. Pero el alma no duda. El alma reconoce.

SSA

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