El alma que imaginamos

Cuando somos niños, la imaginación no necesita permiso. Basta una caja vacía para tener un castillo, un muñeco para tener un amigo, una piedra para ser un tesoro. Los objetos no son solo objetos: están vivos. Tienen nombre, historia, emociones. Nos escuchan, nos acompañan, nos salvan, se convierten en una extensión de nuestro mundo interior.

Para un niño, sus juguetes tienen alma. No porque alguien se la haya dado, sino porque el niño se la entrega. Les da sentido, los carga de emoción. Y en ese acto, sin saberlo, nos conecta con una verdad profunda: todo puede tener alma si lo miramos con el corazón.

¿En qué momento dejamos de hacerlo? ¿Cuándo empezamos a ver solo materia, y no magia?

Quizá no perdimos la capacidad… solo la olvidamos. Quizá aún podemos recuperar esa mirada. La que siente que una figura, un objeto, una pieza decorativa puede tener historia, intención, alma. Como cuando éramos niños. Como cuando creíamos, sin dudar, que todo podía tener vida si así lo deseábamos.

Porque tal vez, la verdadera alma de un objeto no está en él, sino en lo que somos capaces de proyectar. En lo que sentimos. En lo que imaginamos.

“Todo lo esencial es invisible a los ojos… excepto para un niño.”

Deja un comentario