El arte que nació de mi alma

Cuando reformé mi casa, no solo estaba cambiando un espacio físico. Estaba atravesando una transformación interna muy profunda. Y sin buscarlo, el arte se convirtió en el espejo más sincero de mi alma. Aunque me gusta, yo no pinto, pero pinté tres cuadros. No eran parte de una decoración, eran parte de mí.
El primero fue el Renacer.
El más silencioso. Lo pinté en medio del caos de la reforma, cuando todo estaba en obras también dentro de mí. En ese momento, necesitaba recordar que todo lo que parecía desordenado y en ruinas era en realidad el inicio de algo nuevo. El cuadro refleja ese “renacer”: tonos suaves, y mucha luz. Lo miro y siento la calma después de la tormenta, la vida abriéndose paso.
El segundo fue la Pasión.
Una explosión de energía. Era energía contenida que necesitaba salir. Como si mi fuego interno se hubiera encendido por completo. Usé colores intensos, vibrantes, sin medir ni pensar demasiado. Solo sentí. Y ahí, entre cada trazo, entendí cuánta vida contenía. Representaba mis ganas de vivir, de amar, de crear. Era mi motor.
El último fue la Serenidad.
Y vino después del huracán. Con tonos suaves y armoniosos, ese cuadro era como si mi alma me dijera que estaba bien, que todo lo vivido me había llevado justo a ese lugar, ese lugar que viene de saber que puedes sostenerte, estés donde estés. Era paz. Era aceptación. Era volver a casa, en todos los sentidos.
Cada vez que los miro, me reconozco. Y me recuerdo.
Porque esos cuadros no fueron hechos para colgar en una pared. Fueron hechos para sostenerme, para acompañarme y para no olvidar quién soy ni por qué empecé este camino.
Hoy esos tres cuadros están en mi casa. Los veo cada día y me recuerdan lo que viví y lo que soy. No fueron solo pinturas: fueron espejos de mi alma en distintos momentos. Y en cada uno, algo muy profundo se transformó.
«El arte no solo es, también refleja, inmortaliza esos momentos especiales de tu vida, con objetos que estimulen tus recuerdos. SIENTE» . SSA